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Alejandro Durán: Datos Biográficos

Alejandro Durán Díaz, campesino elemental, como el agua, de setenta años, cumplidos el nueve de febrero de mil novecientos ochenta y nueve, nació en El Paso (Cesar), antiguo corregirniento de Chiriguaná, caserío situado entre los ríos Ariguaní y el Cesar, más cerca del Ariguaní. Lo recibió la partera Lucía Sajaú, conocida en toda la zona por la destreza en el arte de encauzar la vida. Tiene tres hermanos: Luis Felipe, acordeonista (ya fallecido); Naffer, acordeonista, y Sabina, quien vive en El Paso al lado de su madre. Alejo es el segundo después de Luis Felipe.

Hizo estudios primarios en la escuela pública que regentaba el profesor Federico Hernández. Un veinte de julio, declamó ante la comunidad, a instancias del profesor, esta estrofa:

"Esta noche es nochebuena
y mañana navidad
Abreme la puerta Emeteria
que me vengo a emborrachar".

Tal vez fue una broma del profesor Hernáridez, quien era muy amigo de la casa de los Durán y se jugaba mucho con doña Emeteria, tía y. madrina de Alejo, mujer que se caracterizaba por su severidad frente a la vida y las amistades.

Recuerda como condiscípulos y amigos a Julio Camilo, Raúl Mendoza. Roberto Esquivel y Santos Ospino.

Antes de los nueve años, Alejo vivió en ese ambiente rural, descomplicado, un poco triste, donde los días eran demasiado largos, por el inútil quehacer cotidiano. Era un niño como cualquiera otro del caserío: pobre y humilde, casi solitario, de pocos amigos, y sus juegos, los únicos que se practicaban entonces: el trompo, la bola y la cometa. Su infancia transcurrió en ese medio, al contacto directo con la naturaleza.

Cuando cumplió los diez se vinculó a la hacienda donde trabajaban sus padres. Laboraba por el día y estudiaba de noche en la escuela privada del profesor Luis Santiago Cuello. Inició su trabajo como Racionero: repartía la comida desde la Mayoría a las diferentes fincas de la hacienda. El trabajo era pesado, pues te tocaba llevar la carne cruda en raciones para tres días a las fincas La Vigía, Ponciano, Mata de Indio, Soledad, El Rancho, Guayacán, Fanfarrona y Juan Andrés. Ejerció ese oficio durante año y medio, ganando mensualmente un peso con cincuenta centavos. Después ocupó el cargo de Casero, por dos años y medio, y el trabajo era intenso,. cortaba leña, echaba agua del pozo, desgranaba maíz, le echaba de comer a las gallinas y a los cerdos, ete, etc, y el sueldo mensual era de dos pesos con cincuenta centavos. Luego ascendió a la posición de Corralero, en la finca El Rancho, de la misma hacienda, devengando cinco pesos mensuales. Fue más tarde jefe de la misma finca, con un sueldo mensual de diez pesos. Posteriormente volvió a la Mayoría con el cargo de Vaquero. Y finalmente desempeñó el oficio de Capataz, por un período largo de diez años, ganando diecinueve pesos mensuales. Allí estuvo hasta mil novecientos cuarenta y tres, año en que liquidaron la sociedad.

Aún recuerdan en El Paso la forma de liquidación que adoptaron los dueños de la hacienda. No sólo se limitaron a dividir las diferentes fincas, los ganados y los enseres, sino que hicieron lo mismo con la gente que trabajaba en ella. Formaron cuatro grupos, igual al número de dueños, y los trabajadores iban sacando de una bolsa de trapo una ficha que le indicaba con quién seguiría trabajando a partir de ese momento. Cuando le tocó el turno a Alejo, la ficha le indicó que debía trabajar en El Parágrafo, con Pedro Ossío, esposo de la hermana de Ana Paz. Así lo hizo por cuatro años más, hasta que se retiró definitivamente, en mil novecientos cuarenta y siete, cuando tenía veintiocho años de edad.

Se dedica por un tiempo al aserrío. Con su padre, sus hermanos Luis Felipe y Naffer y el maestro Julián Fonseca, montan el negocio. Pero esto es también por poco tiempo. Cuando Germán Piñeres se dio cuenta de que estaba en esa clase de trabajo, lo buscó y se lo llevó para la finca, pagándole a catorce pesos la docena de madera aserrada. Sólo duró tres meses en ese oficio, pues no era el trabajo que él quería. Le comunicó a su amigo Germán el propósito de retirarse del aserrío y lo nombró entonces como jefe de casa, cargo en el cual estuvo tres meses más. Ya ese oficio, como se dijo, no le llamaba la atención. Su destino era otro. Y a pesar de que aún no había encauzado su verdadera vocación, su suerte estaba echada: sería músico.

Durante ese largo tiempo (veinte años más o menos) sucedieron muchas cosas importantes para la proyección de su vida. El trabajo en sí tal vez era lo que menos le importaba. Sólo su pobreza justificaba su presencia en la hacienda, así como la de su familia. Alejo tuvo allí la oportunidad de conocer gente de diferentes estratos sociales, desde los dueños del latifundio, como Germán Piñeres, hasta las mujeres del servicio doméstico, pasando por una gran cantidad de trabajadores que ocupaban diferentes cargos : jefes, capataces, vaqueros, corraleros, desmontadores de paja, limpiadores de guardafuego y de alambre, etc; pero todos viviendo juntos, encontrándose con frecuencia y participando en actos colectivos. De ese contacto surgieron amistades y afinidades, motivadas por el oficio y la vocación. En grupitos, los trabajadores se congregaban alrededor de lo que más les qustaba. Y era natural que Alejo se acercara más al gremio de personas que tocaban acordeón, caja y guacharaca.

Como en esa época no había conjuntos organizados de carácter permanente, ocasionalmente se reunían personas que traían esos instrumentos para festejar nacimientos, bautizos, cumpleaños, matrimonios o la fiesta anual de la hacienda; acontecimientos aprovechados para ofrecer su arte a los presentes, en improvisaciones y cantos o ejecutando lo mejor posible los instrumentos. Estos instrumentos, aunque tenían dueños eran, en la práctica, de la comunidad o de quienes sabían ejecutarlos, lo que sucedía sin que el dueño del instrumento lo reprochara.

La fiesta grande de la hacienda era el cuatro de diciembre de cada año, en honor de Santa Bárbara. Asistían a ese acto solemne: Germán Piñeres, Juan, Rafael e Ignacio Trespalacios, Luciano Fernández, todos ellos residentes en Mompós. Para esa fecha traían al cura, oficiaban misa y sacaban una procesión que le daba vuelta a la hacienda. Esa noche había la Cumbia más grande del año.

Hay que destacar que el único baile que exigía contribución económica era el de la Cumbia. Los músicos se colocaban en el centro de la plaza del pueblo o en un lugar especial de la hacienda y las parejas bailaban en torno de ellos, con paquetes de espermas encendidas, como en los fandangos cordobeses. Estas Cumbias las pagaban las parejas: recogían entre ellas de diez a veinte centavos y, así, después de varias horas, reunían unos cincuenta pesos y les pagaban a los músicos. En otras ocasiones, la Cumbia la pagaba una sola persona: ésta sufragaba los gastos del conjunto, pero explotaba exclusivamente la venta de licores y gaseosas.

Alejo cuenta que cuando su padre ejecutaba el acordeón en esas famosas Cumbias, él, niño todavía, se recostaba a la cerca de astillas de la plaza y escuchaba con esmerada atención, sin hablar siquiera, la trayectoria melódica de un instrumento que más tarde se convertiría en cómplice de sus amores y sentimientos.

[Del libro "Alejo Durán" de José Manuel Vergara. Grafisinú. 1989]

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[Marzo 6 de 1997]

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