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El Toro sin Cola

Esta historia es real y se transcribe de acuerdo al original, tal como fue escrito y publicado. La corrida de toros se realizó el 7 de enero de 1983 en la Plaza de Toros Monumental Cartagena de Indias [Colombia]. Se lidiaron ocho toros de la ganadería de "Aguas Vivas", propiedad de Jaime Vélez Piñeres, localizada en el municipio de Arjona [Colombia]. Actuaron los matadores Tomás Campuzano, Jairo Antonio Castro, Vicente Ruiz "El Soro" y Cristo Ramón Valdivieso Ruiz "Pepe Ruiz".

El toro de la historia fue el No. 45, de 435 kilos y de nombre "Corsario". Los toros de esa feria de 1983 fueron rebautizados en la misma plaza, con nombres en homenaje a los 450 años de fundada la ciudad Cartagena de Indias [Colombia]. Al detectarse el fraude, el toro fue apuntillado en el mismo ruedo y se reemplazó con el sobrero No. 47, de 435 kilos y de nombre "Pirata", perteneciente a la misma ganadería.

Tomás Campuzano cortó una oreja a su primero y dió vuelta al ruedo en el segundo. Jairo Antonio Castro y "Pepe Ruiz" se fueron en blanco en ambos toros. Vicente Ruiz "El Soro" había cortado una oreja a su primero de la tarde y con el segundo, el No. 45, había levantado el entusiasmo en los tendidos por su gran valor y arrojo, pero la caída del rabo cambió la historia de esa tarde.


Por Carlos Crismatt Mouthon

Me tocó actuar como veterinario de la Junta Técnica, por lo tanto soy testigo de excepción en la historia del toro sin cola. ¿Testigo fiel y objetivo, o parcial defensor de mi propia actuación?. A quienes lean esta nota les tocará definir.

En la noche que recibimos el encierro de Aguas Vivas no pudimos conocer de vista al número 45. La iluminación era tan precaria que el Inspector de Plaza nos ayudó con una linterna para leer el peso en la báscula. Solo recuerdo que desde el comienzo nos puso problema para salir del cajón y después de dos intentos, dando primero la salida a sus compañeros, descendió de la rampa como un demonio y entró al pesaje tirando por todos lados. La puerta de entrada se dobló en su marco metálico y la manija se reventó contra el muro, gracias a Dios sin causar daño al auxiliar, que en la desencajonada de Icuasuco se había lesionado la mano derecha.

A la mañana siguiente conocimos al burel, un puro de Santacoloma marcado en el anca izquierda, brocho de sus pitones y con buena estampa. Al pasarlo al redondel de los chiqueros observamos algo raro en su cola que no se pudo definir ante la imposibilidad de examinar a la mano el apéndice, por lo que se dejó constancia de la anomalía en una acta, hasta realizar el examen post-morten y comprobar la existencia de un fraude. Pero El Soro no esperó y al hacer un desplante en la faena de muleta golpeó el rabo del astado y dejó en evidencia el burdo engaño. Había nacido la historia del toro sin cola.

En el campo profesional hay cosas que no se pueden certificar sin tener la pruebas concretas. Cuánto no quisiéramos que antes de la lidia se reconociera la edad de los animales o si las astas fueron afeitadas, pero debemos esperar a que lleguen al destazadero para poder emitir un veredicto. Cuánto no quisiéramos ahora haber tenido la oportunidad de coger al 45 por la cola, antes de que El Soro hubiera emocionado a los tendidos con los lances de su capote. Sin embargo, no podíamos lanzar un juicio apresurado ni poner en duda la seriedad de un ganadero, que estuvo presente en el sorteo y enchiqueramiento de sus pupilos y nunca mostró extrañeza que a su puro Santacoloma le hubiese crecido un rabo postizo.

Entre el drama y el engaño comenzaron a surgir las anécdotas. Alguién comentó que era el primer rabo que se cortaba en la Plaza de Toros Cartagena de Indias. En el burladero de matadores, asombrado y divertido, El Soro preguntaba si cogía el rabo y daba una vuelta al redondel. Unas desprevenidas aficionadas gritaban que el diestro la había cortado con su espada, que en ese momento no era la de acero. Pero la verdad era que se había consumado el engaño, para la afición, el torero y las autoridades. Un engaño pueril que estaba destinado al fracaso, pues el implante se hizo entretejiendo la pelambre con finos hilos de nylon, tal como se comprobó al final.

No pudimos rescatar la parte desprendida, que desapareció en el barullo de la plaza, pero sí vimos el muñon de la cola que indicaba una sección de vieja data. Esto deja pensar en un acto premeditado y no en un accidente de última hora, que debía ser reparado para cumplir el compromiso. ¿Quien le pegó la cola al toro?, es pregunta que no podemos responder, ya que también fuimos víctimas del fraude y esperamos, como los demás, una aclaración del caso. Las sospechas que teníamos las dimos a conocer públicamente por RCN y Radio Bahía, en una actitud clara de quienes no tienen nada que ocultar.

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Montería - Colombia - Sur América
[Marzo 6 de 1997]

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